7. Yacimiento Arqueológico

Un gran santuario Galaico Romano (250-500 d.C.) al dios Berobreo. Un lugar de culto en tiempos remotos (II Milenio a.C.). Las evidencias más antiguas de intervención humana en O Facho se encuentran en algunas de las piedras que conforman la compleja topografía del monte. Nos referimos a los grabados rupestres dispuestos en la parte alta de rocas que afloran a la superficie, o de otras que las excavaciones han hecho aflorar. Los grabados recogen los motivos más extendidos y simples del repertorio de los petroglifos gallegos: cazoletas y círculos; aunque no faltan motivos más complejos y de difícil interpretación. Se trataría de expresiones vinculadas al posible uso como lugar de culto.

Un gran poblado de la Edad del Bronce (800-600 a.C.). La primera ocupación humana del monte se remonta a fines de la Edad del Bronce (siglo IX a.C.). Se trata de un poblado abierto, dispuesto a lo largo de las laderas del monte, y desde la cumbre hasta la base del mismo. Este gran centro estaría caracterizado por estructuras de materiales perecederos con zócalos de piedra, uso y elaboración de útiles en bronce y una alfarería tosca, realizada a mano y con escasa decoración. Estas características ponen en relación este poblado con el depósito de bronces encontrado en Liméns en 1911, hasta ahora uno de los más importantes por su tamaño y composición. El descubrimiento de una extraña estructura pétrea en el área de la cumbre podría señalar la posible existencia de un recinto de carácter cultural o religioso en la cumbre.

Una aldea fortificada de la Edad del Hierro (400 a.C.-100 d.C.)

El monte alberga un castro cuyos orígenes podrían remontarse al siglo VI a.C., con claras evidencias de perdurar en los siglos siguientes, entrando en contacto con la cultura romana (siglos I a.C.- I d.C.). La aldea fortificada de la ladera norte está definida por un doble recinto amurallado. La fortificación se completaba con un pequeño foso y terraplén, donde se disponía también la entrada principal al poblado. Finalmente, hay que añadir la existencia de dos grandes basureros situados extramuros en las laderas oeste y este, respectivamente. La arquitectura responde a las características del mundo castreño en el uso de la mampostería y formas predominantemente curvas, pero con presencia de rasgos, como los edificios de planta rectangular o unas técnicas de construcción más elaboradas, que hablan ya de un carácter tardío y vinculado a la presencia romana. Destacable también dentro de esta arquitectura es la existencia de casas con vestíbulos o la aparición de decoración arquitectónica: "couzóns”, "amarradoiros" y sillares decorados. Los datos reflejan la importancia de los objetos importados del exterior como las ánforas iberopúnicas y suditálicas, o el fragmento de una copa de barniz negro, con esa misma procedencia. La información es mayor para la última fase de ocupación del castro (siglos I a.C. – I d.C.), y se expresa en la abundante presencia de ánforas o también algunas vajillas de lujo de producción romana. Sin embargo, la alfarería más frecuente es la que responde a las producciones locales, realizadas en la tradición de la cerámica castreña. Grandes recipientes de contención, ollas, jarras y cuencos son los recipientes cerámicos más comunes, con motivos en relieve o líneas incisas. Finalmente, mencionar la abundancia de objetos de uso cotidiano realizados en hierro (cuchillos, clavos, argollas) o en bronce (fíbulas, broches de cinturón, agujas y otros). Por último, cabe destacar la presencia y el uso de moneda en los momentos finales de la vida en el poblado (s. I d.C.). El gran santuario Galaico Romano (250-500 d.C.) en la cumbre de O Facho se convirtió, a mediados del siglo III, en un lugar de culto. El área sacra estaba configurada por pequeñas terrazas que aprovechan las ruinas del antiguo, en las que se colocaban las ofrendas en pequeños altares. Los altares votivos son los hallazgos más significativos. Se trata de ofrecer al dios un pequeño monumento que recuerda en su forma a la fachada de un templo y que recoge en una inscripción su condición de exvoto, la divinidad a la que va dirigida y, en ocasiones, el nombre del dedicante y los motivos de la ofrenda. En la última fase del santuario encontraremos unas formas que poco tienen que ver con los modelos originales pero que expresan la creación de una identidad estética y simbólica propiamente galaico-romana. Detrás del ámbito de las aras y rodeándolo, encontramos las viejas construcciones del castro, algunas de las cuales fueron reutilizadas en la época del santuario. Se trataría de edificios que se mantenían en buen estado de conservación y que podrían servir tanto para la realización de ritos como para el almacenamiento de las ofrendas. De hecho, en ellas encontramos el mayor contingente de cultura material asociado al santuario: monedas, vidrios y cerámicas. Esta cultura material nos permite, además, fechar el Santuario galaico-romano a partir de mediados del siglo IV, con una perduración segura hasta fines del siglo IV y un final impreciso a partir de esa fecha.

 

Con el apoyo de la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica

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